Desde 1969, año en que se instala la dictadura de Macias nguema, Guinea es un país donde ni la ciencia ni la técnica tiene valor.
Las dos dictaduras que ha conocido el país se rigen por el mismo patrón, a saber, la persecución contra las personas con conocimientos y valores, el ultraje a la ciencia, a la técnica y a la lógica en cada acto de gobierno y de la administración y la promoción de la brutalidad y de la ignorancia en un alarde de retorno al primitivismo más atroz.
La Ciencia no ”se decae”. Es que la ciencia ya cayó hace tiempo y acaba de ser puesta en genuflexión por el reflexivo ”SE” utilizado por el grupo de personas que firman como intelectuales sin frontera.
El español de Guinea es víctima de los brutos que encarnan el poder, muchos de ellos egresados de las universidades norcoreanas y rusas sin haberse formado previamente en la enseñanza secundaria plan 57. En las asignaturas de la enseñanza media figura lengua y literatura española y el español es el idioma utilizado en la enseñanza oficial.
Sin embargo constatamos la profusión en el uso del reflexivo SE de forma errónea, sobre todo por parte de un sector de la población guineana que arrastra un defecto gramatical que no se hubiera dado si la enseñanza primaria y secundaria en Guinea hubiera estado al nivel que le corresponde.
Claro que cuando el Director General de Seguridad de Guinea es incapaz de escribir correctamente 10 líneas, todo resulta explicable. La sinrazón es la dueña de Guinea y todo ”SE” decae en espiral hacia adentro en un movimiento implosivo hacia la nada. La nada o mejor, el caos, es lo que gobierna en Guinea, con su atractor que nos lleva al centro del agujero negro.
Y eso será así hasta que el país recupere la razón y la gramática y los títulos con letras cirílicas sean interpretados correctamente colocando a cada uno en su sitio.
SE barruntan cambios. Se dice que algo va a pasar. Mientras, el ánimo no decae mas al contrario.
Que se abra el país a la razón.
Que se vea un futuro más halagüeño.
Celestino Okenve Ndo
Profesor de la Universidad Politécnica de Madrid
Fuente: Celestino Okenve